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Jenny Del.epub: Amarte Fue La Razon -

Ninguno de los dos habló durante unos segundos que parecieron eternos. El mundo exterior desapareció; solo existían ellos dos y el rastro del tiempo grabado en sus rostros.

La lluvia golpeaba con fuerza los ventanales de la vieja casona en las afueras de Madrid. El sonido era un eco constante, casi rítmico, que compasaba los latidos de un corazón cansado. Elena sostenía entre sus manos una taza de café ya frío, con la mirada perdida en las sombras que proyectaba la chimenea. En su regazo descansaba un viejo cuaderno de tapas de cuero desgastado, el guardián de sus memorias más profundas, aquellas que dolían pero que se negaban a morir.

—Podríamos intentarlo —le había dicho ella aquella tarde, con la voz rota—. La distancia es solo un número. Amarte fue la razon - Jenny Del.epub

"No me pidas que te olvide", decía el papel. "Porque cada paso que dé lejos de aquí estará guiado por tu recuerdo. Dicen que el amor debe darnos alas para volar juntos, pero el nuestro nos exige aprender a volar separados. Si alguna vez te preguntas por qué dolió tanto, recuerda que amarte fue la razón de todo lo que fui y de todo lo que seré".

Hacía exactamente diez años que Julián se había marchado, dejando tras de sí un vacío que el tiempo, obstinado en su curso, no había logrado llenar. No fue una despedida con gritos ni reproches; fue el silencio de una decisión inevitable el que fracturó sus mundos. Él tenía un destino trazado por el deber y la distancia; ella, un arraigo ciego a la tierra que la vio nacer y a las promesas que no podía romper. Ninguno de los dos habló durante unos segundos

Elena abrió el cuaderno. La tinta, ligeramente descolorida, revelaba la caligrafía apresurada de Julián. Había una carta doblada en su interior, fechada en su última noche juntos. La leyó por milésima vez, buscando en aquellas palabras la absolución que nunca llegó a concederse a sí misma.

Al abrir la puerta, el viento helado le azotó el rostro. Frente a ella, empapado por la tormenta y con los hombros ligeramente encorvados por el peso de los años y el cansancio, estaba él. Julián no llevaba equipaje, solo sostenía una pequeña caja de madera entre sus manos. Sus ojos, antes llenos de la urgencia de la juventud, ahora reflejaban una calma profunda y una determinación inquebrantable. El sonido era un eco constante, casi rítmico,

De repente, el timbre de la puerta principal rasgó el silencio de la casa. Elena se sobresaltó, derramando unas gotas de café sobre la mesa. Eran pasadas las diez de la noche y no esperaba a nadie. Con el corazón latiendo desbocado por una corazonada absurda que se esforzó en reprimir, cruzó el pasillo y apoyó la mano en el pomo de madera fría.